Queman libros en la Grecia del 1936 (o cosas que pasarán allí de nuevo si regresa el fascismo)

   “Razón tenía el Abuelo cuando decía que siempre estábamos con fiestas. Habíamos dado solamente dos clases cuando en el recreo el señor Karanasis nos reunió en el patio y nos hizo poner en fila.

   -No vais a entrar en clase -dijo- voy a llevaros a la plaza y ahí todo el colegio va a asistir a una lección importante.

   -¿Vamos a dar clase de instrucción cívica? -pregunté a Alexis.

   -Es otra cosa -me contestó- porque también irán los grados superiores, y ellos no tienen instrucción cívica.

   Cuando llegamos a la plaza nos quedamos mudos. Exactamente en el medio, donde está el león de mármol sobre la columna, ardía una enorme fogata. Un poco más lejos, sobre un estrado, estaba el alcalde, Amstramdam Pikipikiram, el padre de Pipitsa y el obispo con su traje de ceremonia. Alrededor de la fogata había gente, sobre todo grupos de chicos de los colegios. No comprendíamos nada.

   Poco después, llegaron dos hombres que llevaban dos grandes bolsas sobre las espaldas. Se abrieron paso empujando a la gente y cuando llegaron a la fogata vaciaron las bolsas. ¡Eran libros!

   -¿Qué hacen? -le preguntó a Alexis un chico que estaba a nuestro lado.

   -Queman los libros nocivos -le contestó.

   El señor Karanasis subió al estrado y empezó a hacer un discurso. Hablaba de libros nocivos y terribles que corrompen el alma y convierten al hombre en criminal.

   -Vamos a acercarnos para ver -dijo Alexis.

   Nos deslizamos entre la gente y nos acercamos a la fogata. Los chicos de los grados superiores ya estaban saltando sobre las llamas como si hubiera sido la noche de San Juan. Era extraño ver cómo se quemaban los libros. Al principio solamente las hojas se queman, el libro se abre como si una mano invisible lo tocara, después, a medida que se quema, se parece a una flor que cierra sus pétalos. Después, las llamas bajan y entonces también los chicos de la escuela primaria pueden saltar encima.

   Pero los hombres llegaban de nuevo con bolsas y las vaciaban. El fuego subía, subía, los chicos gritaban a ver quién saltaba más alto. En un momento dado, cuando los hombres vaciaban las bolsas, algunos libros cayeron a nuestros pies. Iba a dar un puntapié para mandar uno al fuego, pero me detuve. Este libro ya lo había visto en alguna parte… tenía una encuadernación negra y letras doradas… Con el pie levanté la tapa y ahora estaba segura. Era uno de los “antiguos” del Abuelo. En todos sus libros el Abuelo ponía su firma con tinta violeta. La reconocí enseguida, gruesa y ancha, en la segunda página. El Abuelo no deja que nadie toque sus libros. ¿Cómo era posible que su “antiguo” se encontrara allí, a punto de ser tirado al fuego? Me agaché para recogerlo. Lo tuve un momento en mis manos…

   -Tíralo de una vez -me dijo Alexis en voz baja; me arrancó el libro de las manos y lo tiró al fuego.

   -¿No ves que te están mirando?

   Yo no sabía qué pasaba. Sobre el estrado, el señor Karanasis y Pikipikiram miraban en mi dirección y se decían algo. Miré para otro lado y vi que los niños y aun los mayores, gritaban y saltaban sobre el fuego, pero la mayor parte de la gente guardaba silencio, con los labios apretados. Me puse a observar las caras, una por una, segura de encontrar un hombre con el sombrero bajo escondiéndose casi los ojos y un bigote espeso como un cepillo. [se refiere a su primo, revolucionario, que está en la clandestinidad y se disfraza así] 

   Después, sin saber por qué, me puse a empujar a los chicos y a retroceder para salir del círculo que se estrechaba cada vez más y nos obligaba a avanzar, tanto que Alexis y yo nos encontramos en la primera fila, cada vez más cerca de la fogata. Alexis estaba detrás de mí. Nos detuvimos un momento para retomar aliento. Encima de nuestras cabezas volaban, como murciélagos, pedacitos de papel quemado.

   -¡Si hubieras visto cómo te miró el señor Karanasis cuando te agachaste para recoger el libro! -me dijo Alexis.

 

   [A partir del minuto once, esta misma escena del texto]

 

 

   Cuando el fuego se apagó y no hubo más libros que tirar, la gente empezó a dispersarse. El señor Karanasis dijo que ya era tarde para volver al colegio y nos dejó irnos. Alexis y yo nos fuimos para casa. No sé por qué, pero todavía no le había dicho que el libro que me agaché para recoger era un “antiguo” del Abuelo. Cuando salimos de la plaza vi parado delante de una casa al Abuelo, y a su lado, al padre de Alexis. No se conocían. Estaban casi dándose la espalda y no decían una palabra. El Abuelo, con su bastón, empujaba los papeles quemados que llenaban la calle y la acera. Alexis y yo corrimos hacia ellos.

   -Abuelo, uno de tus “antiguos” estaba en medio del fuego -le dije.

   -Lo sé, lo sé -dijo, moviendo la cabeza.

   El padre de Alexis se dio la vuelta sorprendido.

   -Preséntame a tu Abuelo, Melisa.

   -Abuelo, el padre de Alexis…

   Aún no había terminado de decirlo cuando ya se habían dado la mano.

   -¿También a usted le quitaron libros? -preguntó el padre de Alexis en voz baja.

   -Esta mañana, vinieron con las bolsas -contestó el Abuelo.

   -A mí me quitaron también manuscritos [es escritor]-siguió diciendo el padre de Alexis mientras miraba a su alrededor.

   Alexis y yo caminamos delante, y el Abuelo y el padre de Alexis detrás. Hay viento y en medio de la calle vuelan los papeles quemados como si bailaran.

   -Se acordará nuestra isla de esta vergüenza -oí que decía el Abuelo.

   -Me temo que esto no sea más que el principio -dijo el padre de Alexis.

   -¡Mira! -dice Alexis mostrando los papeles. Han formado como una letra omega.

   -¡Platón! Se escribe con omega. Así se llamaba el “antiguo” del Abuelo que se quemó en la fogata.

Alki Zei

   Cuando empecé a aprender el alfabeto, me gustaba mucho la letra omega y envidiaba a Mirto porque tenía una omega en su nombre. Cuando empecé a formar sílabas, iba a la biblioteca del Abuelo, que me dejaba subir a su escalerita para leer las tapas de sus “antiguos”. Platón, Platón…

   -¿Abuelo, puedo llamar así a mi osito? -le había preguntado.

   -Si es tan sabio como Platón, sí -me había contestado riéndose.

   Por supuesto, no era como Platón, pero ese nombre me gustaba mucho y así lo bauticé. Cuando volvimos a casa, el Abuelo me llevó a su escritorio. En los estantes había lugares vacíos: los libros que faltaban.

   -Lo que has visto hoy, Melisa, no lo olvides nunca en toda tu vida. Y cuando yo me muera, que los lugares vacíos queden así, para recordarlo.

   Así habló el Abuelo, y por primera vez en mi vida desde que nací, creo, lo vi sentarse con la espalda encorvada, y no bien derecho, derecho, como siempre.

   Mirto no había ido a la plaza a ver la fogata porque la habían mandado a probarse el uniforme de falangista. [la escogieron en el cole para ser jefa juvenil del grupo fascista; ella ni sabe de qué va ni puede negarse.]

   -TRISMUY, TRISMUY [muy triste]-dijo antes de dormirse-. Porque no llegué a ver la fogata.

   -TRISMUY, TRISMUY -dije yo-. Porque vi la fogata.

   Cerré los ojos, pero no podía dormirme. De pronto veía a Nikos con su bigote como un cepillo, de pronto una omega que rodaba en medio de la calle, y fuego, fuego, fuego, las llamas que subían por la biblioteca.

   Desde aquel día de la fogata, en cuanto escucho al Abuelo tararear PA VU GA DE KE ZO NI [notas en la música bizantina] sé que dentro de un momento oiré el timbre. Es el papá de Alexis. Él y el Abuelo se han hecho buenos amigos.”

 

De El tigre en la ventana, Alki Zei, Ed. Empúries, 1990

 

 

 

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~ por juannicho en julio 7, 2012.

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