Algún día la A de fuego arderá en los corazones (Zamiatin y los hermanos marcianos)

 

LA A DE FUEGO

 Yevgueni Zamiatin

 

   A los muchachos aplicados se les suele regalar libros. El muchacho Vovochka era muy aplicado, y una vez le regalaron un libro que trataba de los habitantes de Marte.

Yevgueni Zamiatin (1884-1937)

   Aquel día se acostó Vovochka, pero ¿quién podía dormir? Le queman las orejas, le echan fuego las mejillas… ¡Ahí es nada! Resulta que desde hace muchísimo tiempo, los habitantes de Marte están haciendo señas a los habitantes de la Tierra. Mientras nosotros nos estamos entreteniendo con toda suerte de sandeces. Por ejemplo, estudiando historia con el texto de Ilovaisky…

   -¡No, no se puede seguir así! -pensaba Vovochka.

   Al día siguiente estaba Vovochka en el henil con tres de sus más fieles amigos, tres colegiales de segundo año. El libro de Ilovaisky está olvidado en un rincón.

   Cuatro cabezas se inclinan sobre un papel. Trazan líneas con un lápiz, cuchichean. Les queman las orejas, les echan fuego las mejillas…

   Durante la cena, los hermanos mayores leen el periódico. Allí se trata de muchas cosas: de huelgas, del precio del pan… Se discuten toda clase de sandeces.

   -¿De qué te ríes, Vovochka?

   -¡Qué bobos sois! Los habitantes de Marte nos están haciendo señas, y vosotros, ahí, ocupados en esas gansadas.

   -¡Vete al cuerno con tus habitantes de Marte!

   Y continúan leyendo y comentando su periódico. ¡Qué tontos son estos hombres!

   Por fin se acostaron. Vovochka, como un hurón, callandito, se puso los pantalones, se calzó, se endosó la chaqueta. No tiene miedo. Salta por la ventana, y a todo correr llega a un prado desierto, más allá del almacén de madera del comerciante Zagoliachkin.

   Los cuatro colegiales más fieles robaron leña en el almacén del comerciante Zagoliachkin. Colocaron la leña formando la letra A, y en el prado ardió una A de fuego para que la leyeran los habitantes de Marte. Una A gigantesca, de unos diez metros de longitud.

   -¡El anteojo! ¡Venga pronto el anteojo!

   Vovochka instaló en seguida el anteojo. El anteojo temblaba de inquietud.

   -¡Ahora!

   -Sí, sí, ahora…

   -Parece que…

   -No, no, aún no… ¡Ahora, ahora!

 

 

   Pero en el planeta todo sigue igual. Sus habitantes están muy ocupados en sus cosas, y no veían, no leían el A de fuego del muchacho de la Tierra, Vovochka.

   -¡Bueno, mañana, de seguro, van a verla!

   -Mañana, sí, mañana.

   -La verán mañana, sin falta.

   Al otro día preguntaban a Vovochka:

   -¿Qué te ocurre, Vovochka? ¡Estás tan nervioso como si fuera el día de tu santo!

   -¡Hoy es un día extraordinario para mí!

   Pero no dijo en qué consistía lo extraordinario de aquel día. Lo mismo daba. ¡Aquellos tontos de sus hermanos no habían de comprenderlo…!

   -¿Cómo van a comprender que precisamente hoy comienza una nueva época en la historia de Ilovaisky?

   Y seguía pensando:

   -Sí, sí. Una época de relaciones entre los planetas. Una fraternidad interplanetaria… Hoy los marcianos se entenderán con nosotros, sin falta.

   He aquí la noche más solemne del mundo. Una formidable A roja, de llamas; cuatro sombras rojizas: los cuatro gloriosos colegiales de segundo año… El anteojo está ya emplazado, se estremece de inquietud.

   -¡Ahora!

   Pero el guarda del almacén no estaba borracho aquella noche. Aún no habían comenzado a mirar por el anteojo, cuando ya el guarda estaba detrás de ellos, y chillando:

   -¡Ah, canallas! ¿Conque robándome la leña? ¡A ellos, a ellos! ¡Eh, aguarda que ya voy! ¡Tú, espera!

   Los tres más fieles amigos de Vovochka corrían como gamos, saltaron la valla, desaparecieron. Pero Vovochka fue atrapado por el guarda. Y recibió una regular paliza.

   Por la mañana, esos tontos de hermanos mayores, obligaron a los cuatro gloriosos colegiales a estudiar la historia de Ilovaisky. Porque ya sólo quedaba un día para los exámenes.

 

En El farol y otros cuentos, Yevgueni Zamiatin, Revista de Occidente, 1927

 

 

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~ por juannicho en julio 8, 2012.

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