Las inundaciones rusas noveladas por Zamiatin

 

   “(…) Pasó el verano, vítreo y sin una gota de agua, abrumador, con sus nubes secas, y llegó el otoño, igual de árido. Un día azul, inhabitualmente cálido para ser otoño, el viento del mar se puso a soplar desde la mañana. A través de la ventana cerrada, Sofía oyó el ruido mullido y acolchado de una detonación, luego una segunda y una tercera: debía de ser que las aguas del Nevá crecían. Sofía estaba sola, ni Ganka ni Trofim Ivánich estaban en casa. De nuevo un cañonazo golpeó suavemente contra la ventana. Los cristales tintineaban por el viento. Pelagueya bajó corriendo las escaleras, llegó jadeante, deshecha, la ropa abierta, y gritó a Sofía:

   -¿Te has vuelto loca? ¿Qué haces ahí sentada? ¡El Nevá se ha desbordado, va a inundarlo todo!

   Sofía la siguió corriendo al patio. Al instante, el viento, silbando, la envolvió fuertemente como una sábana. Oyó un portazo en alguna parte y la voz de una mujer que gritaba:

   -¡Los pollos, mete los pollos dentro, aprisa!

   Sobre su cabeza, impulsado al sesgo por el viento, pasó un pájaro grande, con las alas muy extendidas. Sofía se sintió de repente aliviada, como si fuese eso precisamente lo que necesitara: ese viento para que todo fuera invadido, arrasado, inundado. Se volvió de cara a él, sus labios se abrieron, el viento irrumpió silbando en su boca y por sus dientes pasó un agradable soplo de aire frío.

   (…)

Inundaciones de ayer en Krimsk

  A eso de las dos, el viento rompió el cristal de la ventana. Pelagueya corrió a tapar el agujero con una almohada. De repente, lanzó un grito: “¡Estamos perdidos…! ¡Dios mío, estamos perdidos!”, y tomó a su hijo en brazos. Sofía echó un vistazo por la ventana y vio que, donde antes había una calle, ahora bajaba un torrente de agua verde, espoleado por el viento. Una mesa flotaba, dando vueltas lentamente; encima de ella se había encaramado una gata blanca con manchas rojizas, la boca abierta, debía de estar maullando. Sin nombrar a Ganka, Sofía pensó en ella, y el corazón comenzó a palpitarle.

   Pelagueya encendió la estufa. Corría de la estufa al niño, después a la ventana donde se apostaba Sofía. En el edificio de enfrente, en el primer piso, estaba abierto un postigo que se mecía por el agua. Esta seguía creciendo, arrastraba troncos, tablas, heno, luego vieron pasar algo redondo que parecía una cabeza.

   -¿Y si mi Andréi y tu Trofim Ivánich…?

   Pelagueya no acabó de formular la pregunta, las lágrimas le rodaban por las mejillas, a mares, desconsoladamente, sin esfuerzo.

   (…)

   El cristal tintineaba, el viento rugía, flotaban las nubes grises, pétreas, de ciudad, como si hubiesen vuelto aquellas mismas nubes sofocantes del verano que ni una vez habían roto en aguacero. Sofía sentía que aquellas nubes no estaban detrás de la ventana, sino dentro de ella, en su interior, que desde hacía meses se amontonaban como piedras, y que ahora, para que no la ahogaran, era preciso romper algo en mil pedazos, escapar de allí o gritar como el zapatero anunciando la llegada del Juicio Final.”

 

De La inundación (1929), Yevgueni Zamiatin, Ed. Alfabia, 2010

 

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~ por juannicho en julio 8, 2012.

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