Al borde de la aventura (“Un día gris”, de Richard Middleton)

 

UN DÍA GRIS

Richard Middleton

 

   “Según nos vamos haciendo mayores se hace más patente que nuestros momentos son los fantasmas de viejos momentos y nuestros días pálidas repeticiones de otros días que conocimos en el pasado. Podemos decir que, después de cierta edad, jamás nos encontramos con un extraño ni visitamos un lugar nuevo. Los aposentos de nuestra alma, agrandados con el paso de los años, están embrujados por unos pocos recuerdos que se asoman por las esquinas para espiarnos con nostalgia, aunque nosotros creemos que estamos solos. A veces somos incapaces de oír las voces del presente al ser apagadas por los susurros del pasado; a veces la habitación está tan repleta de fantasmas que nos cuesta respirar. Y sin embargo, con frecuencia es difícil encontrar un significado a estos días muertos, a estos recuerdos que nos vuelven para interrumpir nuestro sentido del devenir del tiempo. ¿Por qué nuestro cerebro tiene que ocultar estas memorias triviales durante tanto tiempo y mostrárnoslas luego, cuando no tienen consecuencias aparentes? A lo mejor no somos lo suficientemente listos para desvelar el misterio; a lo mejor todas estas cosas sin importancia que recordamos inconscientemente año tras año en verdad son unas fuerzas poderosas que hacen que nuestras vidas sean lo que son.

   Mirando caer por la ventana la lluvia matinal, fui consciente de pronto de otra mañana húmeda, hace mucho tiempo, en la que también permanecía de pie, como ahora, mirando cómo resbalaban las gotas de lluvia por los cristales de la ventana. Era un niño de ocho años, vestido de marinerito, con el pelo muy corto al estilo de los infantes franceses, y que tenía una herida en la rodilla derecha por haber caído sobre la gravilla debajo de una de las ventanas del colegio. Era un día realmente gris y muy húmedo. Podía oír la lluvia golpeando sobre las ramas de los abetos y resbalando por el tejado de la cocina, mientras el viento la empujaba en ráfagas sobre el césped empapado, produciendo el sonido de una ola al romper. Oía el gorgoteo del agua en el canalón oculto tras la hiedra, y miraba con sumo interés uno de los caminos que estaba anegado, de tal forma que una especie de arroyuelo corría entre los arriates de rosas y me recordaba a los cuadros que representaban Venecia. Pensaba que sería muy divertido que continuara lloviendo tan fuerte, hasta inundar la casa por lo menos, y así tener que trepar a las ramas de los árboles y permanecer en ellos durante varias semanas, y luego ser rescatados con botes de remos; pero en realidad no tenía mucha esperanza de que así fuera. Detrás de mí, en el cuarto de estudio, mis dos hermanos jugaban al ajedrez, aunque todavía no habían empezado a pelearse, y en una esquina mi hermana pequeña se dedicaba con paciencia a dar golpes a su muñeca. El fuego estaba encendido en el hogar, pero un fuego apagado, sombrío y humoso al que no es agradable mirar. El reloj que había encima de la repisa de la chimenea emitía un lento tictac y pensé que aún faltaba una eternidad de estos cansinos tictac hasta la hora de la cena. Quería salir afuera.

   La empresa conllevaba ciertas dificultades y peligros, pero no lo suficientemente grandes como para no poder ser superados. Podía bajar sigilosamente hasta el vestíbulo y ponerme las botas y el impermeable sin ser visto. Podía abrir la puerta principal sin hacer apenas ruido, ya que las otras puertas estaban vigiladas estrechamente por los criados, y podía correr camino abajo a la luz de las ventanas. Más allá de la cancela me encontraría a salvo, pues la lluvia que caía a mares me protegería de los encuentros peligrosos. Sería más placentero caminar bajo la lluvia que permanecer en la polvorienta sala de estudios, donde la vida permanece inmutable de cuarto en cuarto de hora; además, me acordaba de que un poco más allá se abría un bosque en el que jamás había estado cuando llovía con tanta fuerza. A lo mejor me encontraba ahora con ese mago que a menudo había buscado en vano cuando hacía sol, pues estaba seguro de que él también preferiría pasear los días de mal tiempo, cuando no había nadie por los alrededores. Sería delicioso escuchar cómo caían las gotas de lluvia sobre las copas de los árboles, y sentirse caliente y totalmente seco debajo de ellas. A lo mejor el hechicero me daba una varita mágica, y yo sería capaz de hacer las mismas cosas que representó el mago las pasadas Navidades.

   Seguro que me castigarían al volver a casa pues, aunque no me descubrieran, se darían cuenta de que mis botas estaban embarradas y de que tenía el impermeable empapado. No me darían pastel para cenar y me mandarían temprano a la cama: pero todas esas cosas ya me han ocurrido antes, y aunque no me gustaron cuando realmente sucedieron, ahora ya no me parecen tan horribles. ¡La vida transcurría tan lenta en el cuarto de estudio aquella mañana húmeda cuando tenía ocho años!

   Sin embargo, no salí al exterior; permanecí lleno de dudas frente a la ventana, mientras la tierra parecía sacudirse el sudor de su cabellera con cada ráfaga de lluvia. La sensación de quedarse al borde de la aventura es interesante en sí misma, y ahora que soy capaz de pensar en los detalles de mi expedición ya no siento aburrimiento. Me había quedado soñando hasta que el dorado momento de la acción pasó de largo, y una violenta exclamación emitida por uno de los jugadores de ajedrez me devolvió al mundo prosaico. En un instante la tabla de ajedrez salió volando por los aires y los combatientes se enzarzaron en una pelea. Mi hermana pequeña, que ya poseía la naturaleza ordenada de las hembras, se deslizó fuera de su rincón y empezó a recoger las piezas del ajedrez de entre los pies de los combatientes. Ya había visto antes aquella escena, y mientras aunaba fuerzas para acudir en ayuda del hermano con el que, en aquellos momentos, tenía alguna clase de alianza, decidí que habría sido mucho mejor que me hubiese ido en busca de aventuras al corazón de aquel mundo lluvioso.

   Y esta mañana, mientras permanecía de pie al lado de la ventana, mis recuerdos me traen, con cierta crueldad, las imágenes de aquel día húmedo hace tanto tiempo perdido; y aún sigo pensando lo mismo. ¡Ah! ¡Me pondría las botas y el impermeable y me iría al pequeño bosque en pos del hechicero! Me daría la túnica de la invisibilidad, el monedero de Fortunato y las botas de las siete leguas. Me enseñaría a conquistar el mundo y me mostraría cómo los locos, los filósofos y los poetas podrían triunfar. Me convertiría en un hombre de acción, un estadista, un soldado, un fundador de ciudades o un sepulturero. Pues, cuando dejamos de lado las pequeñas distinciones de raza, color y sexo, sólo hay dos clases de hombres en el mundo. Los que hacen cosas y los que las sueñan. Nadie puede ser a la vez un soñador y un hombre de acción. Estamos condenados a decidir qué rol queremos seguir en nuestras vidas cuando todavía somos demasiado jóvenes para saber realmente lo que haremos.

   No creo que guardar una imagen tan nítida de un tiempo pasado sea un mero capricho de la memoria, mientras que otros hechos más brillantes y fundamentales han desaparecido para siempre. Creo que ese momento de duda frente a la ventana del cuarto de estudio posibilitó una forma de pensar que me puso del lado de los soñadores. Durante toda mi vida he preferido el pensamiento a la acción; jamás fui corriendo al corazón del pequeño bosque; jamás encontré al hechicero. Y así, esta mañana, cuando el Destino me tendió su trampa y mis sueños se congelaron un instante con el gélido aliento del pasado, no fui capaz de salir corriendo hacia las calles de la vida y alumbrar mi camino con una espada llameante. No. Cogí mi pluma y escribí algunas frases en una hoja de papel, y adormecí mis sentidos sobreexcitados con la tranquilidad del más ocioso de los sueños.”

En El buque fantasma -y otros relatos tristes y siniestros- (1912), Richard Middleton, Ed. Valdemar, 2012

 

 

 

 

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~ por juannicho en julio 21, 2012.

Una respuesta to “Al borde de la aventura (“Un día gris”, de Richard Middleton)”

  1. cuando nada nos asombra, nada nos impacta, nada nos seduce seremos en verdad viejos, cuando la vida no pierde su impetu a pesar de los años seremos ancianos

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