Fértiles padecimientos (Sandblom casi se pregunta si sufrir es crear…)

 

“T.B. Harlem” (1940), Alice Neel

   “(…) Desde la Antigüedad, la creación artística se ha relacionado con el estigma físico; la concepción de una fuerza superior es inseparable del sufrimiento. Filoctetes, el arquero sin par de la mitología griega, cuya mordedura de serpiente supuraba y despedía un olor tan fétido que sus compañeros lo abandonaron en una isla desierta, es quien da la esencia de la obra de Sófocles: “Me habría quedado sin pensamientos ni cuidados como los animales, de no haber sido por mis heridas (…) Cuando me atenacea el dolor sé que soy un ser humano.” En la versión de Gide, Filoctetes añade: “He aprendido a expresarme mejor ahora que ya no estoy con los hombres, y me he dedicado a narrar la historia de mis sufrimientos, y cuando mis frases son hermosas siento un gran consuelo; a veces hasta me olvido de mi tristeza al darle expresión.”

   Dice Soren Kierkegaard que “el poeta es un ser muy desdichado que tiene herido el corazón por ocultos sufrimientos, pero cuyos labios están formados de tal manera que cuando escapan de ellos suspiros y lamentos, éstos suenan como una hermosa melodía.”

   Es una idea muy difundida que el artista obtiene su poder de alguna mutilación que padezca; que la herida de la ostra es lo que produce la perla. Se ha conjeturado con cierto humor que Mendelssohn no llegó a ser el gran compositor que pudo haber sido ¡porque careció de una experiencia profundamente negativa de donde hubiera podido surgir su grandeza! El romanticismo inglés fue una excepción. Tanto Wordsworth como Coleridge pensaban que la poesía dependía del estado saludable del poeta, de algo situado más allá del bienestar normal. Por otra parte, los románticos alemanes opinaban que el sufrimiento era algo interesante y casi indispensable para crear. Esta idea se convirtió en la directriz, y ya Goethe la insinuaba en su Wilhelm Meisters Lehrjahre: “Recién cumplidos los ocho años me vi aquejado de una tos hemorrágica; y desde ese momento mi alma se volvió toda sentimiento, toda recuerdos.”

“La muchacha enferma” (1892), Félix Vallotton

   Friedrich Schlegel describe sus sentimientos acerca de una enfermedad casi fatal: “Era de una naturaleza más completa y profunda que la salud normal de los demás, quienes parecían sonámbulos.” Hölderlin tenía una fe heroica en la santidad y el poder ennoblecedor del dolor, y Novalis, el poeta de la muerte, que murió de tuberculosis a los 28 años, experimentó un arrebato místico: “¿No será que la enfermedad es un medio para llegar a una síntesis más elevada, un fenómeno de una gran sensibilidad a punto de transformarse en un poder superior?” Al igual que Pascal, trató de beneficiarse con ella: “Las enfermedades son un factor sumamente importante en la vida de los seres humanos debido a su innumerable variedad, y a que todos los hombres y mujeres tienen que soportarla en gran medida. Hasta ahora sabemos muy poco sobre la manera de sacar provecho de ella.” Su notable observación de que “cuanto más terrible sea el dolor, más intenso será el placer que produzca”, lo cual se acerca mucho al masoquismo, es similar a lo que Nietzsche experimentó: “Nunca me he sentido más contento conmigo mismo que cuando he estado más enfermo, cuando he sentido el dolor más fuerte.” Le daba la bienvenida al sufrimiento como incentivo para crear. Casi todos nosotros preferiríamos, como Goethe, haber sufrido en el pasado. “El recuerdo del dolor al que nos hemos sobrepuesto es un placer.”

   Estas opiniones culminan con las páginas que sobre el sufrimiento escribe Schopenhauer en Pareraga und Paralipomena, tan deliciosas en su agudo pesimismo. Fiel a su naturaleza, Schopenhauer encuentra un valor positivo en el dolor por la intensidad de la sensación que produce y le atribuye un valor negativo al bienestar, al que supone tedioso y susceptible de convertirse en aburrimiento. (No he podido consolar a muchos de mis pacientes con este argumento.) Schopenhauer observa que por lo general experimentamos el dolor más allá de nuestras aprensiones, y el placer más acá de nuestras expectativas. ¡A cualquiera que piense que el gozo sobrepasa o, por lo menos, se equipara al dolor, le recomienda que compare los sentimientos de un animal de presa devorando a otro con los sentimientos de la víctima! En síntesis, Schopenhauer considera que el hombre necesita del sufrimiento y del dolor para seguir por el camino recto, al igual que el barco necesita del timón. Edvard Munch emplea una metáfora similar: “Sin la enfermedad y la angustia, yo hubiera sido un barco a la deriva.” Hubo bastante de ambas para enderezar su rumbo. (…)”

 

De Enfermedad y creación. Cómo influye la enfermedad en la literatura, la pintura y la música, Philip Sandblom, Ed. FCE, 1995

 

 

 

 

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~ por juannicho en agosto 14, 2012.

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