De cómo el pensamiento-mandrágora empezó a hacerse carne en el silencio de la noche

Brigitte Helm en “Alraune” (1928)

 

   “Todos dormían en la vasta casa. (…) Todos dormían, dormían. Cuatro seres humanos y cuatro inquietos perros.

   Pero había algo que seguía insomne, que se deslizaba cautelosamente alrededor del vasto caserón.

   Fuera, frente al huerto, fluía el Rin. Levantaba su pecho, ceñido por los muros, y contemplaba las villas dormidas y se apretaba amorosamente contra la vieja Aduana. Gatas y gatos se escurrían entre los arbustos, bufaban, mordían, se arañaban, se arrojaban con ojos centelleantes de ardor unos contra otros y se poseían lascivos con una voluptuosidad dolorosa y atormentada. De más allá, de la ciudad, llegaba el cantar ebrio de los estudiantes.

   Algo se arrastraba alrededor de la casa blanca junto al Rin. Se deslizaba por el huerto, ante los bancos rotos y las sillas cojas, y contemplaba complacido la danza sabática de los gatos en celo.

   Subía a la casa, arañaba las paredes haciendo caer el estuco; batía las puertas, haciéndolas trepidar ligeramente, tan suavemente como si fuera una brisa.

  Y ya estaba en la casa. Subía de puntillas todos los peldaños, se arrastraba cauteloso por todas las habitaciones, se detenía y miraba a su alrededor sonriendo quedo.

   Sobre el aparador de caoba había plata maciza, ricos tesoros de los días del Imperio, pero los vidrios de las ventanas habían saltado y las grietas estaban recubiertas de papel. De las paredes colgaban buenos cuadros de Koekkoek, Verboekhoeven, Verwée y Jan Stobbaerts. Pero tenían rasgones y los antiguos marcos dorados estaban negros por las telarañas. La magnífica araña procedía del mejor salón arzobispal, pero las moscas habían ennegrecido sus rotos prismas.

   Algo se deslizaba por la casa silenciosa y dondequiera que llegaba se quebraba algo. Una insignificancia indigna de nombrarse. Pero así una y otra vez.

   Dondequiera que llegaba, un ligero murmullo brotaba de la noche: el claro crujir de un entarimado, o un clavo que se desprendía, o un viejo mueble que se combaba. Algo crujía en los cajones vacíos o tintineaba extrañamente entre las copas.

   Todos dormían en la vasta casa junto al Rin. Pero algo se deslizaba cautelosamente por todos sus rincones.”

De La Mandrágora (1911), Hanns Heinz Ewers, Ed. Valdemar, 2005

 

 

Hanns Heinz Ewers (1871-1943)

 

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~ por juannicho en noviembre 6, 2012.

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