Arañas y faroleros (Dos trocitos iniciáticos de Gustav Meyrink)

   “Me invade un profundo asombro que no cede hasta que poco a poco comprendo lo ocurrido: el sentido interior del tacto, el que más profundo duerme en el hombre, ha despertado; la fina pared divisoria que separa la vida del más allá y la vida terrenal se ha roto para siempre.”

  

   [Os presento dos fragmentos ultrabreves de una de las obras más peculiares del autor de El Golem. Lo cierto es que toda la novela –El dominico blanco– rezuma una extrañeza que en ocasiones se torna mórbida y asfixiante. Uno tiene a veces la sensación de estar ante un manual de instrucciones de algo que no existe. Y sin embargo basta abrir cualquier página para, brincando sobre la trama, encontrarse ante algo que podría estar diciendo mucho más de lo que parecen expresar las frases del texto. Entre la confusión y el vislumbre de vagos secretos se desliza uno por estas páginas ensoñadas. Estos dos trozos, de momentos muy diferentes del libro, cumplen brillantemente con la misión iniciática de la novela y lo hacen del modo más inadvertido, como si pasearan silbando por las sombras alargadas de una calle cualquiera.]

   “(…) En las puertas de hierro de la casa del anciano, aseguradas con grandes clavos, aparecía tallado en metal: Bartolomé, barón Von Jöcher, farolero honorario.

   Yo no entendí cómo un noble podía ser farolero; cuando lo leí, sentí como si todos esos pobres conocimientos que me impartían en la escuela se desprendieran de mí como trozos de papel; tanto dudaba en aquel momento de mi capacidad para pensar con claridad.

   Después me enteré de que el abuelo del barón había sido un simple farolero, a quien habían ennoblecido por alguna razón que desconozco. Desde entonces el escudo de armas de la familia Jöcher muestra una lámpara de aceite, una mano y una vara, y los barones reciben anualmente, de generación en generación, una pequeña pensión del estado, independientemente de que practiquen o no su oficio: encender las farolas de las calles.

   De hecho, algunos días después, por orden del barón, tuve que asumir aquella obligación. “Tu mano debe aprender lo que después tu espíritu continuará haciendo”, dijo. “Aunque sea un oficio tan inferior, se ennoblece si el espíritu lo asume. No vale la pena que el cuerpo lleve a cabo un trabajo que el alma se niega a heredar.”

   Yo contemplaba al anciano y guardaba silencio, ya que entonces aún no podía entender lo que él quería decir.”

   [Cuando leí el trocito de los faroleros me extrañó que no se me hubiera ocurrido extrapolar al mundo del trabajo la ley de la correspondencia. Tiene todo el sentido del mundo que las ocupaciones en las que pasamos el tiempo, los trabajos en que nos debatimos, tengan una significación que vaya mucho más allá de su mera expresión física. Quízá sí que, como dice Meyrink, haya que ejercer esas tareas materiales con el pensamiento de su traslación al campo de lo invisible (al menos en algún momento preciso). Los últimos años me he dedicado a transcribir libros para ciegos, especialmente niños, y reconozco que sería una labor bastante digna para desempeñarla en lo invisible (cosa, por cierto, también harto paradójica si se piensa bien). Sin duda estamos en el terreno de lo simbólico y, para qué engañarnos, quizá exceptuando a los policías antidisturbios, los banqueros y a los matarifes de los mataderos, toda labor ofrece un amplio campo a la derivación simbólica… Barrenderos, camareros, sastres, obreros de la construcción, enfermeras (perdóneseme los tópicos de género), ¡agentes de seguros!, actrices… todos ensayando en el plano de lo real multitud de enseñanzas alegóricas y que tendrán una más elevada continuidad con los distintos aparejos del mundo de los espíritus. Vaya cosa extraña y sin embargo, cuánto sentido hay incluso en las formas más degradadas de desempeñarse en la existencia. ¡Cuántas cosas sabía Meyrink!]

Gustav Meyrink (1868-1932)

   [Sobre el segundo texto que sigue ahora, poco puedo decir porque se explica solo. ¿Por qué no nos habremos encontrado antes con situaciones así para avanzar con más rapidez por entre las sombras? Meditabundia arácnida.]

   “(…) “Solía ir a visitarle a su castillo y siempre me enseñaba algo nuevo. En una ocasión me enseñó una inmensa y tupida tela de araña, tejida en el cristal interior de una ventana, a la que cuidaba como si fueran las niñas de sus ojos.

   “Ves, hijo mío”, me explicó, “por las noches enciendo una potente luz, tras la telaraña, para atraer a los insectos de afuera. Y aunque llegan en enjambres, ninguno queda atrapado por culpa del cristal que se interpone. La araña, que por supuesto no tiene idea de qué es un cristal -¡pues no existe tal cosa al aire libre!- no puede explicarse el asunto y probablemente se devane la cabeza. El hecho es que día a día teje una telaraña cada vez mayor y fina. ¡Sin que eso, claro está, remedie para nada el problema! De esta manera intento disuadir poco a poco a la bestia de su impúdica confianza en la omnipotencia de la razón. Después, cuando en el camino de las reencarnaciones se convierta en un ser humano, me agradecerá por tan sabia educación, pues llevará consigo un tesoro inconsciente de experiencia que le será de gran valor. Evidentemente a mí, cuando era una araña, me faltó un educador así, ¡de lo contrario hubiera tirado los libros ya desde niño!”

De El dominico blanco (1921), Gustav Meyrink, Ed. Montesinos, 2011

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~ por juannicho en noviembre 8, 2012.

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