Los carritos del Apocalipsis (Ya están aquí)

 A nadie se le escapa que las calles de la gran ciudad son surcadas por una creciente tropa de seres que conforman un nuevo tipo de ciudadano, digamos, flotante. No es del todo inédita su idiosincrasia, pero decididamente sí su número. Riadas de pobres con sus carritos del supermercado recorren las arterias de la ciudad con un ritmo errático y cansino, a la busca de no se sabe bien qué desechos de la ya finiquitada sociedad de la opulencia. Decía que a nadie se le escapa esta realidad, pero puede que lo que muy pocos perciban sea el significado profundo de tamaño acontecimiento. Semejante ejército informal de mendigos armados de extraños hierros y objetos inverosímiles vaga por las calles con una expresión ambigua entre la astucia y el desánimo.

   La vida es más sabia de lo que nos creemos. De un modo u otro trata de perpetuarse y, consciente de que se avecinan tiempos de catástrofe y aniquilación global, pone en marcha los mecanismos de supervivencia de la especie. Así, nos encontramos con que todos esos desheredados que arrastran su infortunio por la calles junto a sus destartalados carritos son, ni más ni menos, la élite escogida que heredará el mundo.

   Sí, amigas y amigos. Ahí los tenéis, rebuscando en los lugares más imposibles, tratando de hallar una aplicación práctica a los utensilios más dispares, huyendo de los controles de la autoridad, reconociendo el terreno… En efecto: ellos serán LOS SUPERVIVIENTES.

   ¿Qué otra cosa hacen sino entrenarse para ese momento en que la humanidad empezará a ser barrida del planeta? ¿Quién sino ellos sabrá el modo de desenvolverse en una urbe descompuesta y entregada a la más irreversible de las decadencias? Ellos están ensayando, hacen prácticas para pasar a la acción cuando llegue el momento.

   Ahora se limitan a rebuscar entre los contenedores algún pedazo de metal o de cobre, mañana afilarán sus cuchillos con los elementos degradados de nuestros portátiles inservibles. Hoy aún se deslizan pesadamente como en un sueño por las aceras pero mañana, en el inevitable escenario postapocalíptico, ellos dictarán la ley. Ellos sabrán lo que hay que hacer, dónde encontrar comida, cómo evitar a los restos desorganizados de los elementos armados, de qué modo fabricar ellos también sus propias armas, dónde se hallan los mejores refugios a cubierto de la ruina y la podredumbre.

    Y no penséis que esto será una garantía para vosotros. Todos los que ahora fuerzan el precio de la miseria en la calle, los que hemos permitido que se escenificara a diario esa condena, seremos a nuestra vez condenados. Ellos sabrán hallar el modo de castigarnos. A nosotros, a los que disponíamos de agua caliente a diario, los que comíamos incluso dos veces al día y aplicábamos con cierta eficacia los rudimentos de la higiene corporal. Nos reconocerán por nuestros pelos, nuestra expresión de eterna inquietud, nuestra ropa aún poco raída , nuestras gafas, nuestra mirada perdida ante un mundo sin electricidad, nuestros libros escondidos entre los harapos con que tratamos de pasar por uno de ellos. Nos detectarán, casi lo harán como un juego. Y nos pasarán a cuchillo, lenta, morosamente, en ceremonias tribales alrededor de hogueras alimentadas con coches, electrodomésticos y muebles reducidos a astillas.

   Así se iniciará una nueva era de la humanidad. Nuestra especie renacerá en la pureza de la brutalidad. A sangre y fuego, pero basada en un rito inimaginable de expiación y desarraigo. Quizá algo bueno, con todo, pueda salir de ahí. Puede que los que hayan sido menos complacientes con la ignominia del sistema puedan al fin aliarse con los flamantes guerreros de la miseria redentora. En todo caso, el primer paso será pasar cuentas a los poderosos de antaño y hacer de sus barrios y sus ciudades una sucesión de hogueras deslumbrantes.

   Es por eso que, cada vez que los veo evolucionar por las calles con sus carritos no siento lástima, compasión o siquiera rabia o indignación. Al contrario, es con admiración y sobrecogimiento con que los observo. Porque es en esos momentos que me doy cuenta que estoy ante el futuro de nuestros días, ante la avanzadilla de una bulliciosa horda de ángeles exterminadores que, hierro aquí, cartón allá, no hacen otra cosa que aprender despacio, muy despacio y minuciosamente, un oficio de tinieblas, el oficio que pronto será el único oficio.

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~ por juannicho en noviembre 20, 2012.

Una respuesta to “Los carritos del Apocalipsis (Ya están aquí)”

  1. Así como Elías ascendió en un carro de fuego , el fuego se esparcerá en esta excrecencia rodada de los infames mercaderes , guiada por la mano firme de los arcángeles de la mugre.
    No habrá Mar Rojo que se abata y sepulte estos carros , porque no son instrumento de muerte , sobre ellos , rueda que te rueda ( arrastrando siempre la doblada izquierda delantera ) llega el fuego purificador y la nueva vida .
    Que no nos coja sin carrito , moneda de 50 o cizalla para cortar cadena.
    O sí .
    Acostumbradas alharacas salutatorias sean aquí dispuestas , si se considera necesario.

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