Tía cosmopolita

•enero 11, 2013 • Dejar un comentario
Foto: Beatriz Manchasdetinta

Foto: Beatriz Manchasdetinta

    “(…) Así que el hecho de que una mujer, que me doblaba -y más- la edad, no tuviese en ninguna estima sus atributos era el detalle de imperfección que no sólo me atraía, sino que llegó a hacerme su esclavo hasta la muerte.

   Pero mejor no hablar así, en el aire. Imaginaos una cara como la de Anouk Aimée de joven, pero con cierto aire balcánico. Una piel clara, ojos acuosos y soñadores, y una sonrisa como para perder el aliento. Lo dinamitaba todo a quemarropa. Llevaba unas gafas pasadas de moda y hablaba con contorsiones espasmódicas. Y al despilfarro de su dote física le daba una continuación más cruel en su cuerpo. Fumaba como un preso y bebía como una culebra de agua, abandonaba al desgaste un cuerpo de conmovedora belleza.

   A pesar de todo esto, esta mujer, que lo único que no hacía era apagarse los cigarros en la cara, tenía un gran éxito entre hombres de toda calaña: desde pueblerinos hasta intelectuales, desde los más jovencitos a los más viejos. Y si con los primeros se sentía tan cómoda como aburrida, y a los segundos les hacía la vida imposible, sobre las otras dos categorías solía decir: “Los únicos que tienen derecho a reírse son los niños y los viejos”, algo de lo que se encargaba ella misma, con éxito garantizado.

   Pero para ser sinceros, tía Clara no se limitaba sólo a ese tipo de máximas de vocación filosófica. Describía con todo detalle instantáneas de su vida de continuo apareamiento, con la misma naturalidad que el que pide un vaso de agua.

   Recuerdo que, en las comidas que le preparábamos en casa, cuando por sistema venía sin avisar, a las horas más intempestivas, de sus habituales viajes a Israel, a París o a Nueva York, solían echarnos de la mesa a mi hermana y a mí, nos hacían ir a jugar o nos mandaban a por recados, cuando a nuestra tía más cosmopolita le daba por contar a la audiencia instantáneas amorosas de su apasionante biografía.  (…)”

 

De “Tía Clara, muerta de risa”, de Misel Fais, en Diiyímata. Antología del nuevo cuento griego, Ed. Páginas de Espuma, 2004

 

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Tres poemas de lija de Javier Carnicer

•enero 9, 2013 • Dejar un comentario

 

 

SALIDA

 

   Contra el drama más largo, la tragedia más breve.

 

   Tomar conciencia de la obra, desobedecer, acabar la función cuanto antes.

 

   Gracias al conocimiento, salir con dignidad del paraíso: una manzana en la boca, una serpiente en el cuello.

 

   La cabeza bien alta, al lado de los pájaros.

 

 

 

 

 

 

POSTURAS

 

   Como en una batalla donde nadie de tu bando queda en pie.

 

   Ni luchar ni entregarse, ni arrastrarse ni huir: hacerse el muerto entre los muertos.

 

   En defensa propia, y al mismo tiempo en beneficio ajeno: generoso con el mundo, generoso contigo: en paz.

 

   También hay otra paz, y es más incómoda: esa mala costumbre de agachar la cabeza ante el verdugo.

 

   La peor postura para el pensamiento.

 

   La postura peor para el corazón.

 

 

 

De Estuche de lijas, Javier Carnicer, Servei de Publicacions UAB, 2008

 

lijas

 

 

Antonio Gamoneda y el sueño de la Nueva Carne

•enero 9, 2013 • Dejar un comentario

 

Amo mi cuerpo; sus vértebras hendidas

por aceros vivientes, sus cartílagos

abrasados, mi corazón ligeramente húmedo

y mis cabellos enloquecidos

en tus manos.

                     Amo también

mi sangre atravesada por gemidos.

 

Amo la calcificación y la melancolía

arterial y la pasión del hígado

hirviendo en el pasado y las escamas

de mis párpados fríos.

 

Amo el estambre celular, las heces

blancas al fin, el orificio

de la infelicidad, las médulas

de la tristeza, los anillos

de la vejez y la influencia

de la tiniebla intestinal.

                                      Amo los círculos

grasientos del dolor y las raíces

de los tumores lívidos.

 

Amo este cuerpo viejo y la sustancia

de su miseria clínica.

                                  El olvido

disuelve la materia pensativa

ante los grandes vidrios

de la mentira.

                     Ya

todo está dirimido.

 

No hay causa en mí. En mí no hay

más que cansancio y

un antiguo extravío:

                                 ir

de la inexistencia

a la inexistencia.

                          Es

un sueño.

                Un sueño vacío.

 

Pero sucede.

                     Yo amo

todo cuanto he creído

viviente en mí.

                         Amé las manos

grandes de mi madre y

aquel metal antiguo

de sus ojos y aquel

cansancio lleno de luz

y de frío.

 

                Desprecio

la eternidad.

                      He vivido

y no sé por qué.

                           Ahora

he de amar mi propia muerte

y no sé morir.

 

                        Qué equívoco.

 

 

De Canción errónea, Antonio Gamoneda, Ed. Tusquets, 2012

 

shittingduck

 

 

Motivo por el cual la gente de Grecia no se rendirá

•enero 9, 2013 • Dejar un comentario

 

KALARYTES

EPIRO

 

1800

 

   “Sentado en el sillón de su consultorio, el nuevo médico de Kalarytes sujeta en sus manos la infusión de hierbas que, desde hace años, acostumbra a tomar a media tarde. La doncella acaba de retirarse.

   Le habían dicho que en estos pueblos de montaña es difícil encontrar servicio, porque las mujeres no quieren ser criadas y sólo trabajan en sus casas. El nuevo médico, que viene de Corfú y está hecho a los usos de fuera, contrató ayer mismo a esta muchacha de Tríkala que le recomendaron en el mercado de los jueves.

   Desde que comenzó a trabajar esta mañana, le ha parecido un poco reticente; y ahora que lo piensa, se da cuenta de que, al servir hoy el almuerzo, tenía una mirada de recelo.

   La sirvienta acaba de despedirse. Hace un momento, cuando el doctor tocó la campanilla por segunda vez, la muchacha apareció con la infusión y la dejó en la mesa. Luego, mirándole, desde la puerta, dijo: “Adiós, doctor. Las campanas son para las ovejas y las cabras”.”

 

De Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, Ed. Acantilado, 2012

 

historia

 

Pigmaliones asesinos

•enero 9, 2013 • Dejar un comentario

 

ESMIRNA

1653

 

Foto: Francisco Mas Manchón

Foto: Francisco Mas Manchón

 “Las lluvias de enero han dejado la ciudad cubierta de lodo. Una de las cuadrillas que reparan los desperfectos en la vía del puerto han encontrado, entre un derrumbe ocasionado por las aguas, una estatua de mármol que representa a una mujer con el cabello recogido y un pecho descubierto.

   Sin duda, es cosa de los antiguos. El capataz ordena que la saquen de los escombros y la pongan en pie. Viste una túnica ligera, algo así como una gasa húmeda que se adhiere a su vientre y sus muslos, y en la mano izquierda sujeta un cántaro de agua. El paño mojado que uno de los aprendices restriega por su rostro deja al descubierto una leve sonrisa y una mirada serena perdida en el suelo.

   De un solo golpe, el capataz le rompe la nariz con su piqueta. Los demás comienzan a tirarle cascotes sin demasiada buena puntería. Luego, desde más cerca, le golpean el rostro con las palas y le arrancan los dedos y el brazo levantado. Es sabido que los demonios se cuelan en los cuerpos sin alma de las estatuas y hostigan a los hombres desde ellas, y que sólo mutilándolas y rompiendo sus rostros se consigue que huyan y que busquen refugio en otro lado.”

 

Pedro Olalla, Historia menor de Grecia, Ed. Acantilado, 2012

 

Siete poemas estáticos de Gottfried Benn

•noviembre 28, 2012 • Dejar un comentario

Ilustraciones: Anselm Kiefer

 

LOS COMPAÑEROS

    

Hasta que te olvidas de ti mismo,

así actúan los poderes;

en el laberinto de los túneles

tú te has transformado.

 

Un sentimiento cambiante,

escaso arder de antorchas,

palpas y las paredes

son frías y extrañas.

 

Paseo más solitario que nunca,

los últimos, los auténticos

tras los años, los compañeros,

tú los dejaste;

 

¿Por quién? ¿por cuál poder?

No ves la orilla

y sólo el dolor es tuyo,

el que el poder aviva,

 

y lo que quiere decir

lo sientes acaso tras los años

y antes de experimentarlo,

el compañero está en silencio.

 

 

 

TODAS LAS TUMBAS

 

Todas las tumbas, las lomas

sobre montes y en lagos,

las que cavé y de cuyas trincheras

he visto la tierra abierta,

 

las que llevaba y sigo llevando

como algas y conchas en el pelo,

a las que pregunté y sigo preguntando,

cómo era el mar en el fondo.

 

Todas las tumbas, las lomas

en las que fui y soy,

alguna vez sobre ellas

roza ahora un ala blanca

 

que no puede levantar las coronas

ni despertar el brillo de las rosas,

las que yo tiré,

pero que sí anuncia algo en transformación.

 

 

Gottfried Benn (1886-1956)

 

UNA PALABRA

 

 Una palabra, una frase: ascienden en claves

vida reconocida y sentido repentino;

el sol está, las esferas callan

y todo se agolpa hacia ella.

 

Una palabra-, un brillo, un vuelo, un fuego,

un arrojar de llamas, una raya de estrellas-,

y otra vez oscuro, tremendo,

en espacio vacío en torno al mundo y yo.

 

 

 

IN MEMORIAM ALTITUD 317

 

 En las montañas donde

pernoctan desconocidos

no sobre ataúd y paja

víctimas de las batallas-:

¿no sientes en el oído

como fluye la hora?

una araña teje

redes ante el portal.

 

En las montañas que

cargan un modo de vivir,

que estremece por lo cerca

que estaban las fuentes,

por el fluir de la hora,

¿no lo sientes en el oído?

desde las montañas fluye,

se teje un crespón de ceniza.

 

Ah, en el monte, al que coronan

fruta y verano,

no se puede ver

todo lo que no llegó a brillar,

¿no sientes en el oído

como fluye la hora?

¿cómo desde el monte en el viento

solloza un coro de sombras?

 

 

 

ACASO NO PESA MÁS

 

 Acaso esto no pesa más que la aflicción:

paredes de piedra, de vidrio,

espacios para comer, para sestear –

¿puedes cargar con ello?

 

¿Acaso no ha terminado todo,

sombras de rocas, de piedra

cierran los portales, las paredes,

te encierran?

 

¿No piensas entonces en todo el sufrimiento,

en todo poder destructor,

como en un vestido de fiesta,

como en una noche de antorchas?

 

Tardes, puro exterminio,

donde en los asientos del jardín,

– densificación sin respiro –

tardes-, presentimiento

 

de cada divorcio de fidelidad,

desde el tú más unido

te acosan y nuevas

aflicciones te crecen;

 

ser sin calma ni siesta,

necesidad inalzable -:

¿no piensas entonces en la aflicción

como en un enorme mandamiento?

 

 

 

QUIEN ESTÁ SOLO –

 

 Quien está solo, está también en el misterio,

siempre en pie en la marea de imágenes,

en su creación, en su germen,

incluso las sombras llevan su ardor.

 

Preñado en cada lecho

lleno de pensamientos y reservado,

capaz es de destruir

todo lo humano que se alimenta y aparea.

 

Sin conmoverse ve como la tierra

se hizo otra cuando a él dio inicio,

ya no muere ni tampoco llega a ser:

forma en silencio la perfección le mira.

 

 

 

TARDE EN EL AÑO

     

Tarde en el año, hondamente en el silencio

hacia quien entero se pertenece a sí mismo

bajarán las miradas

miradas nuevas, no destruidas.

 

Nadie cargó con tu suerte,

nadie preguntó si saldría bien -,

ribete de heridas, ribete de rosas -,

miradas amplias, verano tardías.

 

Te has atado, tú disperso,

oculto y desnudo -,

ribete de rosas, ribete de heridas -,

últimas miradas, autoliberación.

 

 

De Poemas estáticos (1948), Gottfried Benn, Ed. Libertarias, 1993

 

 

Los carritos del Apocalipsis (Ya están aquí)

•noviembre 20, 2012 • 1 comentario

 A nadie se le escapa que las calles de la gran ciudad son surcadas por una creciente tropa de seres que conforman un nuevo tipo de ciudadano, digamos, flotante. No es del todo inédita su idiosincrasia, pero decididamente sí su número. Riadas de pobres con sus carritos del supermercado recorren las arterias de la ciudad con un ritmo errático y cansino, a la busca de no se sabe bien qué desechos de la ya finiquitada sociedad de la opulencia. Decía que a nadie se le escapa esta realidad, pero puede que lo que muy pocos perciban sea el significado profundo de tamaño acontecimiento. Semejante ejército informal de mendigos armados de extraños hierros y objetos inverosímiles vaga por las calles con una expresión ambigua entre la astucia y el desánimo.

   La vida es más sabia de lo que nos creemos. De un modo u otro trata de perpetuarse y, consciente de que se avecinan tiempos de catástrofe y aniquilación global, pone en marcha los mecanismos de supervivencia de la especie. Así, nos encontramos con que todos esos desheredados que arrastran su infortunio por la calles junto a sus destartalados carritos son, ni más ni menos, la élite escogida que heredará el mundo.

   Sí, amigas y amigos. Ahí los tenéis, rebuscando en los lugares más imposibles, tratando de hallar una aplicación práctica a los utensilios más dispares, huyendo de los controles de la autoridad, reconociendo el terreno… En efecto: ellos serán LOS SUPERVIVIENTES.

   ¿Qué otra cosa hacen sino entrenarse para ese momento en que la humanidad empezará a ser barrida del planeta? ¿Quién sino ellos sabrá el modo de desenvolverse en una urbe descompuesta y entregada a la más irreversible de las decadencias? Ellos están ensayando, hacen prácticas para pasar a la acción cuando llegue el momento.

   Ahora se limitan a rebuscar entre los contenedores algún pedazo de metal o de cobre, mañana afilarán sus cuchillos con los elementos degradados de nuestros portátiles inservibles. Hoy aún se deslizan pesadamente como en un sueño por las aceras pero mañana, en el inevitable escenario postapocalíptico, ellos dictarán la ley. Ellos sabrán lo que hay que hacer, dónde encontrar comida, cómo evitar a los restos desorganizados de los elementos armados, de qué modo fabricar ellos también sus propias armas, dónde se hallan los mejores refugios a cubierto de la ruina y la podredumbre.

    Y no penséis que esto será una garantía para vosotros. Todos los que ahora fuerzan el precio de la miseria en la calle, los que hemos permitido que se escenificara a diario esa condena, seremos a nuestra vez condenados. Ellos sabrán hallar el modo de castigarnos. A nosotros, a los que disponíamos de agua caliente a diario, los que comíamos incluso dos veces al día y aplicábamos con cierta eficacia los rudimentos de la higiene corporal. Nos reconocerán por nuestros pelos, nuestra expresión de eterna inquietud, nuestra ropa aún poco raída , nuestras gafas, nuestra mirada perdida ante un mundo sin electricidad, nuestros libros escondidos entre los harapos con que tratamos de pasar por uno de ellos. Nos detectarán, casi lo harán como un juego. Y nos pasarán a cuchillo, lenta, morosamente, en ceremonias tribales alrededor de hogueras alimentadas con coches, electrodomésticos y muebles reducidos a astillas.

   Así se iniciará una nueva era de la humanidad. Nuestra especie renacerá en la pureza de la brutalidad. A sangre y fuego, pero basada en un rito inimaginable de expiación y desarraigo. Quizá algo bueno, con todo, pueda salir de ahí. Puede que los que hayan sido menos complacientes con la ignominia del sistema puedan al fin aliarse con los flamantes guerreros de la miseria redentora. En todo caso, el primer paso será pasar cuentas a los poderosos de antaño y hacer de sus barrios y sus ciudades una sucesión de hogueras deslumbrantes.

   Es por eso que, cada vez que los veo evolucionar por las calles con sus carritos no siento lástima, compasión o siquiera rabia o indignación. Al contrario, es con admiración y sobrecogimiento con que los observo. Porque es en esos momentos que me doy cuenta que estoy ante el futuro de nuestros días, ante la avanzadilla de una bulliciosa horda de ángeles exterminadores que, hierro aquí, cartón allá, no hacen otra cosa que aprender despacio, muy despacio y minuciosamente, un oficio de tinieblas, el oficio que pronto será el único oficio.