El anacronópete, la primera máquina del tiempo

Enrique Gaspar

  [Puede que no sepáis que la primera máquina del tiempo que aparece en obra alguna de la ficción literaria -al menos en el formato de aparato tecnológico con ese fin- no es la celebérrima máquina creada por H. G. Wells y que fue trasladada con tanto éxito al cine. Ésta, protagonista de la homónima La máquina del tiempo, de H. G. Wells, fue creada para su novela publicada en el 1895. Pero ya unos pocos años antes, en 1887, se había publicado en Barcelona otra novela francamente notable sobre una efectiva máquina del tiempo. Se llamó la obra: El anacronópete, escrita por el español Enrique Gaspar (1842-1902) y editada con las las sugerentes ilustraciones de Francesc Gómez Soler.

   La obra de este curioso autor puede hallarse hoy en una edición moderna de la Ediciones Minotauro, 2005, que recupera la portada original en una lograda adaptación. El editor, tras anotarnos algunas referencias literarias de la historia de este tema como el ejemplo XI de El conde Lucanor, el Cuento de Navidad, de Dickens, “Un cuento de las montañas escabrosas”, de Poe o el Lumen de Camille Flammarion, nos presenta al creador de este simpático -y muy humano- protagonista de esta obra, el inventor Sindulfo García y sus jocosos acompañantes de viaje: Enrique Gaspar, diplomático y escritor de obras de teatro y narrativas.

  Debo decir, ante todo, que este libro me ha encantado, aunque lo ha hecho de un modo progresivo, de menos a más. Dado que la expectativa ante él mantiene una innegable carga de extrañeza, uno se muestra ante ella excesivamente expectante y riguroso. De hecho, me alegré al enterarme hace unos minutos por una página de la red que esta obra debía tener en un origen una estructura y concepción de ZARZUELA. Y dado que ese género artístico y yo no congeniamos EN ABSOLUTO, me había quedado en varias ocasiones del comienzo de la trama con una molesta sensación con los diálogos, que yo atribuía a un defecto estructural de nefasto “humor zarzuelero”. Por fortuna, y al margen que los hechos hayan confirmado mi temor inicial, hay que reconocer que los innegables y cada vez más multiplicados rasgos de humor en la obra se van refinando y agudizando a medida que avanza la trama, llegando en ocasiones, debo confesarlo, a hacerme reír franca y abiertamente (hecho en que no creo prodigarme demasiado,la verdad, con mi último carácter sombrío…). Pero es que me hacía gracia esa forma de hablar de algunos personajes, qué queréis, el siglo XIX y yo tenemos esa absurda relación de tragicomedia..

  Los amantes de buscar y analizar las explicaciones científicas que se dan en las obras de fantasía y ciencia-ficción, creo que se lo van a pasar bien con ésta. Se da inicio con un repaso a la tecnología del momento (que resulta vertiginoso, la verdad) y, mencionando en varios momentos al contemporáneo Jules Verne, se pasa a desgranar el lógico e irrebatible avance que supone para el doctor Sindulfo el aplicar sus cavilaciones al hecho de navegar por el tiempo:

   “(…) Elévome, pues, al centro de la atmósfera, que es el cuerpo que se trata de descomponer y al que seguiré llamando tiempo. Como el tiempo para desenvolverse en la tierra camina en la dirección contraria a la rotación del planeta, el anacronópete para desenvolverlo tiene que andar en sentido inverso al suyo e igual al del esferoide o sea de occidente a oriente. El globo emplea veinticuatro horas en cada revolución sobre su eje; mi aparato navega con una velocidad ciento setenta y cinco mil doscientas veces mayor, de lo que resulta que en el tiempo que la Tierra tarda en producir un día en el porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta años en el pasado. Ahora bien, lo primero que salta a la vista es que, cualquiera que sea la velocidad de locomoción y la altura a que ésta se verifique, el anacronópete no ha de hacer más que describir una órbita alrededor de la Tierra como la que alrededor de los planetas describen los satélites; y así sucedería en efecto si la atmósfera permaneciera inalterable; pero como la descompongo, en cada vuelta deshago su obra de un día y allí donde me paro allí está el ayer. Veamos cómo se verifica este fenómeno. Dícese vulgarmente que para conservar las sardinas de Nantes y los pimientos de Calahorra hay que extraer el aire de las latas. Error. Lo que se extrae es la atmósfera y por consiguiente el tiempo; porque el aire no es más que un compuesto de nitrógeno y oxígeno, mientras que la atmósfera, además de constar de ochenta partes del primero y veinte del segundo, lleva en sí una porción de vapor de agua y una pequeña dosis de ácido carbónico, elementos todos que no se separan nunca al llenar un vacío. Pero apartémonos de la ciencia y vengamos al razonamiento vulgar. Figurémonos que el mundo es una lata de pimientos morrones de la que no hemos extraído la atmósfera. ¿Qué sucede una vez tapada sin esta precaución? Que el tiempo empieza a ejercer su influencia y a verificar su obra. En primer lugar se adhieren a las paredes del bote unas moléculas que, aglomeradas y solidificadas concluirían a fuerza de años  por petrificarse y en cuyas substancias encontraríamos los gérmenes minerales de las rocas primitivas. Después observamos que el jugo se cubre de una especie de verdín que no es otra cosa que la vegetación rudimentaria. Y por último los infusorios del vapor de agua vivificados, reproducidos y desarrollados agusanan la conserva enriqueciéndola con las múltiples variantes del reino animal. ¿Puede aún dudarse que la atmósfera es el tiempo? Pues volvamos la oración por pasiva. Supongamos que hemos extraído el aire y que abrimos la lata cien años después de haberla tapado. ¿Qué vemos? Los pimientos en perfecto estado de conservación sin que el tiempo haya pasado por ellos; luego si la acción atmosférica debió destruirlos o metamorfosearlos y la falta de esta acción los ha mantenido en su completa integridad, es indudable que lo que nos comemos cien años después, es la vida vegetal de una centuria antes y que por consiguiente retrogradamos un siglo. Más claro. No hemos extraído el aire de la lata y la abrimos en el momento en que la descomposición empieza: si tomamos una cuchara y con ella empezamos a quitar las capas de moho que envuelven los pimientos, su rojizo color, aún no alterado, concluirá por descubrirse a través de las injurias de la atmósfera. Pues esta es la teoría del tiempo. Muy joven el mundo todavía para que el fuego central haya desaparecido, se halla no obstante cubierto de esas películas de moho que el anacronópete va a desenvolver con el auxilio de cuatro grandes cucharas o aparatos neumáticos fijos en sus extremos angulares; con los que, no sólo descompongo las miserables veinte leguas de gases que circundan el esferoide en capas concéntricas, sino que al desalojarlas logro navegar en el vacío impidiendo que mi vehículo se inflame con la frotación atmosférica. Porque, volviendo a los símiles: la atmósfera no es más que una aglomeración de átomos imperceptibles, del mismo modo que una playa no es otra cosa que la reunión de millones de granos de arena.”

De El anacronópete, Enrique Gaspar

   [Bien, pues está claro, ¿no? ¿Quién decía que España era el país del “que inventen ellos”? No sé si este hilo argumental y teórico de los pimientos morrones enlatados y el continuo del espacio-tiempo podría llegar a alguna parte, pero confieso que a mí me subyuga la convicción con que lo expresa.

   El anacronópete, al contrario que la siguiente máquina del tiempo en la historia literaria -que sería el monovolumen de Wells- es una especie de gran Arca de Noé, todo un cacharro de dimensiones considerables, con varias plantas, bodegas y compartimentos de todo tipo. Ya lo veis en las logradas ilustraciones. Y de hecho, hablando de Noé, hay que decir que las tres épocas que visitan, no planificadas por un proyecto en concreto sino al pairo de los vaivenes de la trama, son la del mismísimo Diluvio Universal, la de la erupción volcánica que cubrió a Pompeya y la China imperial del siglo III a.C. (el autor perteneció al Cuerpo Consular español en la China)…

   Es un libro francamente entretenido y por momentos muy gracioso. En la red podéis averiguar más de él en alguna página que reseñe los libros más en condiciones que yo. Lo que sí debo rescatar, antes de que se me olvide, es el origen etimológico de la bella palabra “anacronópete”…:]

   “…debe su nombre a tres voces griegas: aná que significa “hacia atrás”, cronos “el tiempo” y petes “el que vuela”, justificando de este modo su misión de volar hacia atrás en el tiempo; porque en efecto, merced a él, puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra -si tiene con qué aquel día- y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América.”

   [Pues nada, buen viaje a todas y a todos. En unos días continuaremos nuestro viaje a través de los viajes en el tiempo, dejando atrás este ameno sainete de enredos afectivos, equívocos históricos e incesantes golpes de efecto espacio-temporales. Ojalá os guste tanto como a mí.]

 

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~ por juannicho en octubre 9, 2010.

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